Europa, un espectador en el partido entre China y Estados Unidos


Por Tomás Piqueras Fontaneda Economista

 

Madrid -Aún lo recuerdo bien. Yo acababa de llegar a Buenos Aires, era febrero y el calor hacía que los bares con cerveza fría de Palermo estuviesen repletos de esos héroes capaces de arreglar el mundo con un trago en la mano. Fue ahí cuando un tipo excepcional me dio uno de los mejores consejos sobre Argentina y sus ciudadanos. “Si quieres que un argentino te escuche, háblale de fútbol”, me dijo.

 

Y a ello voy. Para que ustedes me escuchen, les diré que Europa es el ejemplo perfecto del equipo de fútbol que, tras perder el partido, decide culpar al árbitro, a la pelota o incluso a los aficionados si es posible, antes que admitir una mala táctica de juego. Puede incluso, que Europa ni siquiera forme parte de un partido que ahora mismo parece jugarse únicamente entre China y Estados Unidos.

 

Los años en los que los avances de los países europeos formaban parte de los titulares de prensa, sus acuerdos de librecomercio protagonizaban las noticias en los telediarios y los avances sociales hacia una Europa sin muros de Berlín abrían los programas de radio, parecen haber quedado atrás.

 

Hoy son China y Estados Unidos los que dominan cualquier debate que se plantee en la sociedad. ¿Hablamos de cambio climático? China y Estados Unidos emiten el 45% del CO2 y Europa, el 9%. ¿Hablamos de economía? Los americanos junto con los asiáticos dominan el 40% de la producción mundial, y Europa se queda con 17%. ¿Hablamos de tecnología? Los dos gigantes suman siete veces el número de patentes registradas al estándar 5G que determinará el avance de las comunicaciones en comparación con Europa.

 

No debemos caer en la trampa de los titulares baratos que vociferan una crisis económica entre estas dos potencias. En 2019, en pleno pico de la guerra comercial, Estados Unidos prevé cerrar el año con un crecimiento cercano al 2,3% y 6,2% en el caso de China mientras que la Eurozona apenas espera superar el 1% de crecimiento de su PIB. Cabe preguntarse, entonces, si la guerra comercial es en realidad una guerra, o más bien un entretenimiento popular que permite a Donald Trump mantenerse en portada día tras día hasta la llegada de las siguientes elecciones.

 

¿Qué es lo que impide que Europa se vuelva a situar al frente de los debates sociales, económicos y políticos? No conocer su historia. Cada vez se piensa más en la Unión Europea como un ente único, olvidando que detrás de ella hay 28 países que la integran. Si tratamos de crear un sistema centralizado que olvide las diferencias claras que existen entre sus miembros nos perderemos también las distintas ventajas que cada uno de ellos nos puede aportar. Europa ha llegado a ser lo que es no por la creación de un único país, sino gracias a la manera en la que todos sus miembros se complementaban.

 

Europa fue, en sus orígenes, un lugar donde comerciar de manera libre, sin amplias regulaciones que asfixiasen a los empresarios y dónde el movimiento de mercancías, capitales y personas no sólo estaba permitido, sino que además estaba visto como fuente de avance y prosperidad. Hoy, sin embargo, Europa parece haberse convertido en un mecanismo de regulación ilimitada donde el objetivo ya no es más la atracción de capital y nuevos modelos de negocio, sino tratar de exprimir a toda costa a las empresas ya existentes con el objetivo de subvencionar un Estado de Bienestar que ya tiene en sus cuentas una deuda equivalente al 80% de su PIB.

 

Factores como la famosa “tasa Google” o los (mal llamados) “impuestos verdes” son los que hacen que, pese a tener las tasas de interés en 0%, la inversión empresarial no se dispare y diferentes factores importantes como la innovación o el desarrollo tecnológico no lleguen a establecerse.

 

Mientras que el Gigante Asiático es consciente de la importancia del comercio exterior para su economía, Estados Unidos hace lo mismo con una baja de impuestos nunca antes vista, recortando el impuesto de sociedades desde 35% hasta 21%. No es casualidad que empresas como Huawei, Tesla o Apple se formen en China o Estados Unidos y no en ninguno de los 28 países miembros de la Unión Europea. No basta con conformarse con los (muy amplios) avances conseguidos hasta la fecha, se debe recobrar el instinto inconformista que hasta hace unos pocos años producía en sus diferentes países una sana ambición de mejora y progreso.

 

Si las instituciones europeas buscan nuevos movimientos secesionistas en sus países miembros al estilo Brexit lo tienen fácil y basta con no hacer nada. Si, por el contrario, el objetivo es no desquebrajar el espíritu europeo, se debería volver a los valores de dignidad, libertad y unión que históricamente han caracterizado a sus ciudadanos. Hace falta poner sobre el terreno de juego a los mejores fichajes: Europa no se puede presentar a un partido de fútbol 11 con un equipo de fútbol 5.

 





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