La construcción de la autonomía albertista



La primera hilera de ladrillos la puso Cristina Fernández de Kirchner cuando, en aquella mañana sabatina de mayo pasado, dio un paso al costado a lo que parecía su segura postulación y ungió a Alberto Fernández como candidato. Esa novedosa e impensada gambeta electoral sirvió para unificar a un peronismo fragmentado y perdidoso, que no encontraba el rumbo desde 2015.

Aquella construcción inicial, de ineludible dependencia para el ahora presidente, es una fase que desde ayer forma parte de la historia. En este nuevo estadio, marcado por el ejercicio del poder, Alberto Fernández comenzó a enviar señales de cierta autonomía respecto de su innegable mentora.

El estilo albertista comenzó a gatear con una simbología construida desde la figura de un “tipo normal”. Un Fernández a lo “Pepe” Mujica, salvando las enormes distancias que lo separan del exmandatario uruguayo.

El Presidente no sólo eligió exhibir ese perfil al decidir conducir su auto desde el departamento en el que vivió de prestado hasta ayer, en su viaje hacia el Congreso. También, y especialmente, expuso en su primer mensaje a la Nación el tono predominantemente moderado que fue clave para hacer coincidir en el Frente de Todos a las diversas partículas que conforman la heterogénea materialidad del PJ.

Al lado de la vicepresidenta Cristina Kirchner –otra vez poderosa–, postuló y se comprometió a echar por tierra el “muro del rencor y el odio” que separa a los argentinos, en una clara señal antigrieta.

Esa brecha ideológica dañina, de la cual se han servido tanto el macrismo como el kirchnerismo, es ahora la medida con la cual, según dijo, quiere ser juzgado cuando finalice su gestión. Macri eligió la “pobreza cero”; Fernández, poner fin a la división entre los conciudadanos. Difícil determinar cuál de los dos desafíos reviste mayor dificultad.

A tono con los largos años en los que estuvo distanciado de su “amiga”, en los que cultivó una crítica ácida de la que se creía no habría retorno, Fernández se adentró ayer en un territorio sagrado para el kirchnerismo: el relato.

Aunque no aludió al gobierno de su ahora vicepresidenta sino a la pasada gestión macrista, el Presidente prometió que la pauta oficial nunca más se utilizará para darle cuerda al libreto oficial, una práctica en la que el kirchnerismo dio cátedra a través de los medios oficiales, a los que transformó en oficialistas.

En la construcción de su propia identidad o “descristinización” –si se permite el término–, Alberto Fernández es consciente de que no puede demorarse. El grado de autonomía que logre construir respecto de Cristina estará determinado por dos variables que se entrecruzan: el tiempo y los resultados, en especial los económicos.

Estas primeras diferenciaciones, necesarias para quien parece decidido a cortar el cordón umbilical que todavía lo une con su gestante política, aún deben confirmarse en la práctica, que no estará exenta de tensiones, de avances y de retrocesos.

Alberto Fernández es desde ayer su propio constructor. Su próximo desafío es poder inscribir su obra en el registro de la propiedad que le tiene reservada la historia.

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El texto original de este artículo fue publicado el 11/12/2019 en nuestra edición impresa.





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