Que no se licue la democracia


Elecciones urna democracia

Por Sebastián Giménez

 

Modernidad líquida. Así definió Zygmunt Bauman a nuestra sociedad contemporánea, en que los vínculos y las instituciones se ven horadadas muchas veces hasta en sus fundamentos. La escuela, la familia. ¿También la democracia? Sí, también la democracia. Las situaciones convulsionadas en los países vecinos así lo señalan. Con la terrible sombra de un nuevo golpe de Estado, esa palabra que muchos se niegan a nombrar.

 

A menudo, los argentinos nos creemos el centro del mundo, pensamos que en ningún lugar se viven las crisis como acá, con el peso hecho un castillo de arena y devaluándose continuamente, con el precio de la góndola remarcado, con el sueldo que se estira hasta más no poder para llegar a fin de mes. Y con la grieta que nos divide en formas ideológicas contrapuestas, dos o más maneras de concebir el mundo. Y, sin embargo, con grieta y todo, en el país se celebraron elecciones, primarias y definitivas, con respeto de la voluntad popular. En una transición, en comparación con nuestros vecinos, más o menos ordenada y, sobre todo, pacífica. El oasis no estaba en Chile al final, como afirmara Sebastián Piñera. Pero hay oasis porque hemos atravesado un desierto Será que hemos aprendido las lecciones del golpe de Estado trágico y genocida de 1976. Que en algo parece que, a pesar de las discusiones y contradicciones, nos hemos puesto de acuerdo. Con la democracia no se jode.

 

Hasta el Gobierno que se va, reacio en comparación al kirchnerismo en cuanto a políticas de memoria y derechos humanos, rindió su homenaje al cuadragésimo aniversario de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Hasta Mauricio Macri necesitó tener a su Graciela Fernández Meijide. Un aprendizaje que entró después de padecer a uno de los peores Estados terroristas, desapariciones, torturas. Incluso una guerra. Una cultura, un sentido común respetuoso y defensor de los derechos humanos aun en las diferencias.

 

Que se doble, pero que no se rompa nunca la democracia en Argentina, invirtiendo el sentido de la frase de Leandro Alem, el revolucionario caudillo radical. Si la modernidad se volvió líquida, que no se nos licúe la democracia. Ni en la Argentina ni en los países vecinos convulsionados y ahora en ebullición. Porque la democracia es, como dijera (esa vez con razón) Winston Churchill, el peor de los sistemas de gobierno, con excepción de todos los restantes.

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