Un velorio muy particular en barrio Müller



Antes de morir, Héctor “Kiko” Jatib dejó su última huella. Tirado en su cama, consumido por el cáncer y atado a una manguera que le inflaba los pulmones con oxígeno, el hombre de 60 años tomó una pistola y miró fijo a la cámara del teléfono celular.

Tres años antes, en octubre de 2016, los funcionarios judiciales no podían dar crédito a la acusación que pesaba sobre aquel hombre de hombros caídos y anteojos que, sentado en el banquillo de los acusados del Tribunal Oral Federal N° 2 de Córdoba, daba la impresión equivocada.

Terminó condenado a 11 años de prisión como autor de secuestro extorsivo agravado. 

Según la investigación que llevó adelante en su momento el fiscal federal N° 2, Gustavo Vidal Lascano, este secuestro ocurrió durante la madrugada del sábado 23 de noviembre de 2013, entre los barrios Acosta, Colonia Lola y Müller, al este de la capital cordobesa.

Diego Sebastián González fue sorprendido por dos hombres armados cuando llegaba junto con una sobrina en su Ford Ecosport a la casa de sus padres, en calle Alejo Bruix al 5000.

Los desconocidos le ordenaron a la joven a que se bajara del vehículo y, tras subirse, obligaron a González a conducir.

Metros más adelante, lo pasaron a la parte trasera del vehículo y lo obligaron a acostarse en el asiento.

Finalmente, lo mantuvieron cautivo durante algunas horas en un domicilio, mientras negociaban con su hermano.

Fue entonces cuando los secuestradores marcaron como punto de pago un lugar insólito: una rotonda ubicada a escasos metros de la comisaría de barrio Müller, en proximidades de la Costanera.

En ámbitos judiciales, el caso fue denominado como un “narcosecuestro”, aunque no se indagó sobre la vinculación de la víctima con el submundo narco.

Sucede que los Jatib forman parte de una familia de Villa Inés con un importante prontuario en este tipo de delitos que tienen como objetivo a los traficantes, a los que les exigen drogas o dinero de origen ilícito, ya que especulan con que los secuestrados no van a querer denunciar para no atraer miradas indeseadas sobre ellos mismos.

Conocidos en el submundo del hampa como “los Coreanos”, entre 2006 y 2010 comenzaron a ser señalados como quienes estaban detrás de una llamativa proliferación de este tipo de casos, sobre todo en los alrededores del cementerio San Vicentre, un sector de la ciudad en la que el avance narco en los últimos tiempos ya era más que evidente.

Ante la difusión pública sobre las sospechas que existían en torno a “los Coreanos”, “Kiko” Jatib eligió hablar con la prensa en 2009. “Tengo antecedentes pesados, como varios de mi familia. Tengo una condena por homicidio y otras tres condenas por robos. Pero todo eso lo pagué, ahora soy un laburante y no tengo nada que ver con el tráfico de drogas. Nada que ver”, expresó sentado en el living de su casa de Villa Inés.

Antes de su última condena, Héctor ya había purgado un total de 22 años de estadía en prisiones de Córdoba y de Buenos Aires, por las cuatro condenas que recibió. Dos de sus hermanos también pasaron por la cárcel, además de varios sobrinos y otros familiares.

“Kiko” Jatib no llegó a cumplir con el total de la última sentencia que recibió. El avance del cáncer fue clave para que se decidiera trocar el encierro carcelario por un régimen de prisión domiciliaria. El lunes último, murió.

Antes, dejó aquella foto con la que sus allegados comenzaron a llorarlo en las redes sociales.

Pero esto no fue todo. El mismo lunes, en el velorio que se realizó en un domicilio de barrio Müller, el despliegue de seguridad que se armó causó impresión. Sucede que Jatib tenía varios familiares presos, por lo que fue necesario un operativo especial para trasladarlos desde la cárcel hasta allí.

Se cortó la calle y un grupo de la Guardia de Infantería se apostó en las inmediaciones, ante el temor de que el último adiós de “Kiko” fuera aprovechado para intentar una evasión del sistema penitenciario. Nada de esto ocurrió.





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